Locales | Sociales 12/08/2017  07:00 hs.

¡No matarás!

 

Por Dr. Néstor Gómez

“Durante toda su historia, América latina ha sido un auténtico laboratorio de ilusionismo político” (Alain Rouquié, citado por Ceferino Reato en “Salvo que me muera antes”)

Recordaba  Tzvetan Todorov  que cuando se radicó en París proveniente de su Bulgaria natal, uno de los aspectos de la cultura francesa que más le llamó la atención fue el total desconocimiento de la izquierda francesa sobre cómo había sido la vida en los países ubicados detrás de lo que Winston Churchill había descripto (1946) como “telón de acero”, cómo era el “socialismo real” liderado desde la URSS por José Stalin y secundado en aquellas otras democracias populares que por entonces orbitaban en torno al gobierno de Moscú y del Comité Central del PCUS, caracterizados todos tanto por una durísima represión de toda desviación de la política establecida por el partido comunista, inclusive en los aspectos culturales y sociales, como por un marcado culto a la personalidad del gobernante de turno.


Junto con ésa ignorancia le asombraba que no valoraban en nada las amplias libertades personales de las que gozaban los franceses en su propio país. Por entonces en Francia -desde Sartre para abajo- mayoritariamente la izquierda se alineaba, ideológica  y acríticamente, detrás de las políticas oficiales moscovitas porque no hacerlo, argumentaban, era favorecer a los intereses burgueses. Albert Camus en 1952 denunció ésa actitud sin renunciar por ello a sus ideas de izquierda, señalando que él estaba en contra de los movimientos históricos que usan los fines que invocan para justificar los medios que utilizan para llegar a aquellos, lo que le costó su amistad con Sartre y de muchas de sus relaciones personales e institucionales. Fue recién en 1956, cuando se comienza a conocer parcialmente el informe de Nikita Jruschov al XX Congreso del Partido Comunista de la URSS -en el que se denunciaban los crímenes de Stalin, se repudiaba el culto a la personalidad y se pretendía volver al leninismo inicial- cuando algunos de aquellos ciegos voluntarios comenzaron a ver que, como en el cuento, “el Rey estaba desnudo”.

Esa izquierda “boba”  aplaudió los denominados “Procesos de Moscú” a través de los que Stalin, desde 1936 en adelante, aniquiló sistemáticamente a la vieja guardia leninista, los que “no provocaron ninguna crisis de conciencia” según Pierre Broué (LOS PROCESOS DE MOSCÚ) y las pocas voces que desde la izquierda denunciaron aquella farsa judicial, fueron silenciadas. Desde la misma izquierda también se disimularon las purgas comunistas dentro del bando republicano durante el curso de la guerra civil española (1936/39).

La existencia de los campos de exterminio, denominados eufemísticamente “campos de trabajo” (GULAG – acrónimo de “Dirección General de Campos de Trabajo” en ruso), fue difundida desde la literatura por Aleksandr Solzhenitsin cuando publicó en “Un día en la vida de Iván Denisovich” (1962) y después en 1973, en París, “ARCHIPIELAGO  GULAG”. El texto completo del informe de  Jruschov se difundió recién en 1989 en el marco de la glasnost de Gorbachov y la verdad se hizo patente. 

La izquierda latinoamericana, aún después de ésas revelaciones, continuó reverenciando a Fidel Castro -que reproducía pari passu en Cuba el modelo soviético-  como el gurú indiscutido de la revolución socialista-independentista latinoamericana, sin aprender a ver la realidad sin anteojeras ideológicas a pesar de la experiencia soviética. Aunque  en su fuero íntimo cada uno de sus integrantes quizás no ignorase las características totalitarias del castrismo,  sus rotundos fracasos tanto en el intento de crear un “hombre nuevo” socialista como en la construcción de  una economía socialista autosuficiente, siguieron defendiéndolo públicamente a él y a su gobierno  hasta ahora como si fuera el mismo Cristo redivivo.  Lo que decimos del castrismo es aplicable a aquellos gobiernos que son -o se dicen- sus émulos. Criticarlos a éstos o a aquél, conforme la vieja visión ortodoxa del credo al que adhieren, es hacerle el juego no tanto, aquí en Latinoamérica, “a los intereses burgueses” a los que aludían sus pares europeos,  sino al imperialismo americano. Actúan como si no se pudiera separar la paja del trigo, esto es criticar a Castro y el intervencionismo americano en simultáneo. Es la falacia de la “media verdad”,  que se traduce en invocar datos que respaldan una tesis al mismo tiempo que ignoran otros que la desmienten, borrando de su memoria a aquellos que no con coherentes con los primeros. Ese comportamiento traduce el deseo de que las cosas sean como se quiere que sean –post verdad- y así fabrican un relato de la realidad acorde a su ideología. 

En nuestro país tales sectores siguen hoy negándose a realizar una autocrítica de la actuación que les cupo en los años 70 y 80 y, como no pueden rebatir las autocríticas aisladas habidas entre quienes militaron en Montoneros, como las del filósofo Oscar Del Barco en su carta a Sergio Schmucler (2011) o las más recientes de Héctor Ricardo Leis, las ignoran. Siguen pensando, como por ejemplo Miguel Bonazzo, que el asesinato de José Ignacio Rucci fue sólo un “error político”. Tampoco toman en cuenta las múltiples críticas provenientes de muchos de los que han reflexionado sobre aquellos años por más fundadas que éstas sean.

A pesar de la contundencia de las imágenes e informes que se reciben a diario sobre lo que acontece en Venezuela, hay sectores en nuestro país que siguen sin ver lo que ocurre realmente allí pues siguen percibiendo la realidad a través de su propia  ideología, lo que los lleva a construir una realidad que no se corresponde con los hechos. No importa que Maduro y sus adláteres –porque  no es solo él es quien ejerce el poder- hayan llevado a la democracia venezolana a un callejón sin salida, transformándola en un gobierno dictatorial que por la sola decisión del Presidente transforma a la mayoría opositora -que tiene el control del parlamento venezolano- en una simple “mayoría circunstancial” (sic) que él, como titular del Ejecutivo, puede decidir que ya no existe en realidad y por lo tanto deslegitimarla. O sea que, por sí y ante sí, decreta que  ése control legislativo ya no tiene el respaldo popular y por ende es ilegítimo, que no se le debe acatamiento. Tampoco importa que en paralelo, haya caído el país en una crisis económica, social y sanitaria que alimentó multitudinarias protestas durante los últimos cuatro meses, que fueron reprimidas a sangre y fuego por fuerza oficiales y paraoficiales con el resultado de más de 120 muertos y miles de heridos, crisis cuyo final es impredecible porque el chavismo-madurismo -más allá de la baja de los precios internacionales del petróleo  (92% de los recursos venezolanos) y de haber dilapidado inmensos recursos provenientes de ese sector cuando los precios eran otros- ha transformado la industria petrolera venezolana en ineficiente por falta de inversiones en ella. Lo único que importa para esos sectores que se dicen de izquierda, progresistas y antiimperialistas, es que, como sea, Maduro y los suyos conserven el poder. Fueron en el pasado metodológicamente demócratas para lograr conquistarlo por la vía de elecciones, pero ése mecanismo deja de tener vigencia para ellos cuando posibilita la alternancia en el ejercicio de aquél.

Tal como lo señala Marcos Novaro (LA NACION, 03.08.17) hay claros síntomas de descomposición intelectual y moral en la izquierda latinoamericana, que parece creer que la presencia de Donald Trump en la Casa Blanca legitima cualquier cosa que hagan los auto calificados de gobiernos progresistas que pretenden mantenerse en el poder, “a como dé lugar”. O, dicho de otra manera, “del modo que sea, cueste lo que cueste”.

Volviendo a Camus, estas posiciones, que pretenden que el fin invocado justifica los medios utilizados, son naturalmente estalinistas, totalitarias y anti humanistas porque utilizan al hombre real y concreto -respecto del cual se resuelve ignorar sus derechos personales- para lograr sus fines –que no son otros que conservar el poder-, transformando a aquel en un simple medio: Lo cosifican, lo des-humanizan. De ahí que, tal como señala Novaro, un intelectual de izquierda como Atilio Borón llegue a afirmar que el gobierno de Maduro no debe ahorrar sangre, que debe matar más gente como medio para doblegar a quienes han salido a la calle para reclamar por sus derechos pues: “Si una fuerza social declara una guerra contra el gobierno se requiere de éste una respuesta militar. El tiempo de las palabras ya se agotó. Ahora le toca hablar a las armas, antes de que el chavismo tenga que reconocer que también él ha 'arado en el mar'  y que toda su esperanzadora y valiente empresa de emancipación nacional y social haya saltado por el aire. No hay que escatimar esfuerzo alguno para evitar tan desastroso desenlace".







Enviar Comentario

Los comentarios publicados son de exclusiva responsabilidad de sus autores.



Comentarios (0)




Encuesta
¿Cómo es tu situación económica con respecto al año pasado?
Mejor
Peor
Igual

Resultados