Locales | Culturales 19/05/2020  18 hs.

Agua potable, lo que hoy es algo natural, fue objeto de una larga lucha colectiva

 

José Alberto Navarro, en una de sus tantas investigaciones históricas sobre la ciudad, desgrana con mucho detalle la larga lucha que le demandó a la ciudad la construcción del primer acueducto. Fueron casi 40 años de gestiones, de marchas y contramarchas que es bueno recordar.


EL AGUA QUE NOS SALVÓ DEL DESASTRE

Por José Alberto Navarro



Desde que San Francisco comenzó a crecer en derredor de la estación ferroviaria, su población tuvo que soportar los padecimientos derivados de la carencia de agua potable, lo que motivó situaciones trágicas, como fue la epidemia de cólera desatada en el año 1895, con el estremecedor saldo de 75 muertos.

A partir de 1910 y durante, por lo menos, veinte años, las comisiones técnicas de ingenieros y geólogos que llegaron a San Francisco, con el propósito de realizar estudios tendientes a localizar agua apta para el consumo humano, fueron innumerables, pero ninguna de ellas pudo solucionar el grave problema.

El esfuerzo más significativo en este aspecto fue, sin duda, el que se realizó en 1910, durante la gestión del intendente municipal José Devoto. En esa oportunidad, mediante el uso de una máquina enviada por el Ministerio de Agricultura de la Nación, se practicó en la Plaza General Paz una perforación de casi 600 metros de profundidad, con resultados negativos, por lo que los trabajos fueron abandonados.

La situación sanitaria de San Francisco en esos tiempos, ya sea por la falta de agua y por otros problemas coyunturales, fue agravándose rápidamente. En 1914 se produjo una epidemia de peste bubónica que causó once muertos. Cinco años después, se produjeron diez casos más, algunos de ellos fatales. Ante tanto infortunio, los jefes comunales se aferraban, a veces, a soluciones mágicas, que siempre terminaban mal.

En 1916, un ingeniero llamado F.G. Garland Ford, le aseguró al intendente Tristán Paz Casas que estaba en condiciones de localizar “agua buena y en abundancia”, mediante el uso de una máquina magnética de su invención, el bathidroscopio. Después de varios días de confuso trajinar, Garland Ford logró extraer en la zona de Frontera dos damajuanas de agua, que pidió fueran remitidas a Córdoba para su análisis. Posteriormente, nada más se supo sobre la cuestión.

Dos años después –a mediados de noviembre de 1918– llegó a San Francisco una comisión de geólogos pertenecientes a la Dirección de Obras de Salubridad de la Nación, con la misión de buscar fuentes de agua de buena calidad. Dicha delegación era encabezada por el ingeniero Wigth, acompañado por los ingenieros Agustín Espinosa y Otto Boderbender y los ayudantes José Rodríguez Carril y Adolfo Vacca. Los nombrados, tras realizar diferentes estudios y pruebas, se mostraron confiados en poder llevar adelante un proyecto capaz de solucionar el problema del agua en San Francisco.

A mediados de febrero de 1924, el intendente municipal, Serafín Trigueros de Godoy, tras entrevistarse con el director general de Salubridad de la Nación, ingeniero Candiotti, informó que tras haberse analizado distintos proyectos se había llegado a la conclusión que el que más convenía era que se basaba en el aprovechamiento de las aguas del río Tercero, desde Villa María. Era la primera vez que se hacía mención de este importante proyecto.

En 1929, el intendente César Ferrero apremiado por la necesidad de brindar una rápida solución al problema del agua, contrató a una persona apellidada Nasfrán, aparentemente un experto en perforaciones y cateos, quien manifestó su convicción de que podía encontrar agua potable. Luego de una serie de experimentos, les dijo a las autoridades municipales que había detectado napas de “agua buena y en abundancia” a 800 metros de profundidad.

Como respuesta, y ante la desilusión que le causaba tan disparatada afirmación, el intendente Ferrero se apresuró a enviarle una nota al ministro de Obras Publicas de la Nación, requiriéndole la aceleración del proyecto del acueducto.

Para peor, los pozos y aljibes de los cuales se abastecía de agua la población, comenzaron a contaminarse con líquidos provenientes de los pozos negros.

En 1932, un prestigioso laboratorio local analizó seis muestras de agua obtenidas de tres pozos y tres aljibes, ubicados en distintos lugares de la ciudad. La conclusión fue que del total de las pruebas analizadas, tres no eran aptas para el consumo, por contener anhídridos (nítrico, nitroso y sulfúrico), amoníaco y materia orgánica. Lo curioso fue que el agua más contaminada provenía de un aljibe.

Los padecimientos e la población fueron en aumento. Al problema de la contaminación se lo sumó otro no menos grave. En corto tiempo, durante los años 1935/1936, se produjeron varios casos de arsenicismo hídrico crónico, como resultante de la permanente ingestión de agua conteniendo sales arsenicales en abundancia. La cuestión fue considerada de tal gravedad, que las autoridades sanitarias decidieron crear un organismo específico para investigar y controlar este mal endémico.

La dramática situación que se vivía en la ciudad, fue puesta en conocimiento del presidente de la Nación, Roberto Marcelo Ortiz, en el transcurso de la breve visita que realizó a la ciudad el 7 de noviembre de 1939, de paso hacia la Capital Federal. En esa oportunidad, los directivos del Centro Comercial, Industrial y de la Propiedad, le expusieron al Primer Mandatario el cuadro de situación reinante: aguas servidas en las calles, pozos y aljibes contaminados, etc. Hicieron hincapié sobre el agua que tomaban los chicos en una escuela: de color azul oscuro, con fuerte olor a hidrógeno sulfurado, y con gran cantidad de sedimentos.

La situación, grave de por si, tomaba ribetes de verdadera tragedia, cuando en época de sequía los pozos se secaban y los aljibes permanecían vacíos.


La idea del acueducto



Fue el intendente Serafín Trigueros e Godoy el primero en anunciar, en 1924, la posibilidad de construir un acueducto entre nuestra ciudad y Villa María, de 166 kilómetros de extensión, aprovechando las aguas del río Tercero, el más importante de la provincia de Córdoba.

La novedad, que había sido expuesta al jefe comunal por el director de Salubridad de la Nación, ingeniero Candiotti, fue publicada por el diario La Voz de San Justo en su edición del 17 de febrero de ese año. El costo de la obra ascendía a trece millones de pesos.

Desde ese día, el vocablo acueducto, prácticamente desconocido para el grueso de la población, pasó a formar parte del lenguaje cotidiano de los sanfrancisqueños.

La construcción del acueducto, que posibilitaría la provisión domiciliaria de agua potable para San Francisco y los pueblos ubicados a la vera del camino a Villa María, fue aprobada por el Congreso de la Nación en 1935, mediante el dictado de la Ley 12267, conforme a un proyecto presentado por el diputado nacional Benjamín Palacio.

Le tocó al presidente Ortiz aprobar los mecanismos institucionales, a través de los cuales se puso en marcha esta obra monumental. En 1940 se llamó a licitación para el acueducto, que fue adjudicada a la firma Polledo Hnos., la que inició los trabajos pertinentes, desde Villa María, en diciembre de ese mismo año.

A esta altura ya había dado comienzo la construcción en esta ciudad –en terrenos adquiridos a Antonio Boschetto– de una cisterna de veinte millones de litros de capacidad (938/1939). Las redes internas fueron iniciadas a fines de 1941 por la empresa Soncini.

El plazo de ejecución del acueducto expiraba en noviembre de 1943, pero los trabajos se retrasaron significativamente, a raíz de problemas técnicos y económicos.

En 1943, luego del movimiento militar de ese año, Obras Sanitarias de la Nación tomó a su cargo la ejecución de esa tareas, las que permanecieron paralizadas por un tiempo. En febrero de 1946, vencido el último plazo acordado, aún faltaba construir 60 kilómetros del acueducto.

En el mes de marzo de 1946 se produjo en la ciudad una epidemia de tifus, que volvió a poner sobre el tapete el dramático problema configurado por la carencia de agua potable. En tan sólo dos semanas (del 14 al 31 de marzo) fueron hospitalizadas 43 personas afectadas por el mal, de las cuales, lamentablemente, fallecieron cinco.

A partir de esa desgracia, debieron pasar dos años más para que la obra del acueducto quedara concluida, lo que aconteció el 13 de febrero de 1948, es decir, pocos días antes de su inauguración.

A las 19.50 del martes 24 de febrero de 1948, el presidente de la República, general Juan Domingo Perón, acompañado por su esposa Evita, ante la mirada expectante de más de diez mil personas, abrió el grifo que liberó el agua tan deseada y dejó inaugurado el servicio.

La multitud hizo tronar su alegría con una poderosa ovación, acompañada por el estallido de innúmeras bombas de estruendo, que acrecentaron aún más el clima de excitación que se vivía en la plazoleta del la estación ferroviaria y en sus alrededores.

El ruidoso jubileo marcó el final de una larga y difícil etapa en la vida de San Francisco. Más de medio siglo había durado el infortunio colectivo, en cuyo acontecer, por desgracia, se lloró la pérdida de muchas vidas humanas.

Lentamente, las aguas del legendario Ctalamochita, desviadas de su cauce lejano, comenzaron a fluir como una bendición por estas tierras del pan, devolviéndoles a los sanfrancisqueños la esperanza de una vida mejor.


Fuente: Hemeroteca de La Voz de San Justo.

(*) Esta nota, transcripta ahora con correcciones y agregados, fue publicada por La Voz de San Justo en su edición del miércoles 25 de febrero de 2004.








Moneda
Dólar Nacional 65.96 70.79
Dólar San Francisco 67.00 71.00
Euro Nacional 70.79 76.70
Euro San Francisco 73.00 78.00
Riesgo País   2779
Cereales
Maíz 7760
Trigo 11500
Sorgo S/C
Soja 14700
Lino S/C
Girasol S/C
Mijo S/C




Institucional

Conocé nuestra empresa en toda su extensión.

Ingresar

FM CONTACTO
Profesionales

Accedé a la Guía de Profesionales de San Francisco.

Ingresar