La ciudad modernizará por completo su sistema de bombeo de agua potable, una infraestructura con más de 70 años. Incorporará tecnología de última generación y monitoreo inteligente para acompañar el crecimiento de las próximas décadas.
El proyecto, que tendrá un plazo de ejecución de 240 días, no se limitará a reemplazar equipamiento: incorporará tecnología de última generación para transformar la manera en que se controla y gestiona uno de los servicios esenciales de la ciudad.
El intendente Damián Bernarte señaló: “estamos frente a una obra histórica para nuestra ciudad, porque estamos hablando de algo tan fundamental como garantizar y mejorar el acceso al agua potable para todos los vecinos. Durante muchos años, esta planta cumplió un rol central en el abastecimiento de la ciudad y hoy tenemos la decisión y la responsabilidad de dar un paso más, modernizando toda su infraestructura”.
“Esta obra no significa solamente incorporar nuevas bombas, cañerías o tecnología. Significa preparar nuestro sistema de agua para el presente y, fundamentalmente, para el futuro. Estamos convencidos de que esta intervención va a marcar un antes y un después para nuestra ciudad. Es de esas obras que quizás no siempre se ven, pero que tienen un impacto enorme en la vida cotidiana de nuestros vecinos. Estamos construyendo una infraestructura más moderna, más eficiente y preparada para acompañar el crecimiento de la ciudad durante los próximos años”, finalizó el mandatario.
Cómo funciona actualmente la estación
La Planta Distribuidora recibe el agua proveniente de dos grandes acueductos de la ciudad de Villa María. Una vez que llega a la planta, el agua se almacena en dos grandes depósitos, con capacidad para 20.000 metros cúbicos cada uno.
Desde allí, el agua es tomada por una estación de bombeo ubicada bajo tierra, que se encarga de impulsarla hacia la red de distribución de la ciudad. De esta manera, el agua almacenada en los depósitos es enviada a las cañerías que abastecen a los distintos sectores urbanos.
Qué se va a incorporar
La obra contempla una serie de mejoras para modernizar la planta, hacer más eficiente el bombeo y mejorar el control sobre el agua que se distribuye.
Entre las principales incorporaciones se encuentra un nuevo sistema de monitoreo y control (SCADA), que permitirá supervisar y operar a distancia el funcionamiento de las bombas y el nivel de almacenamiento de agua. También se construirá un nuevo espacio para el personal, con sala de tableros, guardia y áreas de operación.
Además, se instalarán cuatro nuevas electrobombas, que permitirán mejorar el sistema de impulsión del agua, junto con nuevas cañerías y conductos que conectarán el sistema de bombeo con la red.
Otro de los puntos importantes será la construcción de una sala de cloración, equipada con un tanque para almacenar hipoclorito de sodio y dosificadores que permitirán incorporar el cloro al agua de manera controlada.
Finalmente, se sumará un nuevo caudalímetro, que permitirá medir con mayor precisión la cantidad de agua que sale de la planta hacia la red.
En conjunto, las obras buscan modernizar y fortalecer la infraestructura existente, mejorar el control y funcionamiento del sistema de bombeo y garantizar una distribución más eficiente y segura del agua potable.
El agua como parte de una ciudad inteligente
La obra también representa una señal concreta del nuevo perfil que San Francisco busca consolidar: el de un Polo Inteligente.
La ciudad, históricamente vinculada con la producción, la educación y el desarrollo, suma ahora tecnología y conocimiento a la gestión de sus servicios esenciales.
En este modelo, una ciudad inteligente no es solamente aquella que incorpora tecnología visible, sino la que utiliza datos, automatización e innovación para hacer más eficientes sus sistemas y mejorar la calidad de vida de sus habitantes.
La modernización del bombeo de agua potable es un ejemplo concreto de esa transformación: una obra que permanece en gran parte bajo tierra, pero que incorpora herramientas propias de las ciudades del futuro.
Con una inversión cercana a los $1.700 millones, San Francisco no solo renueva una infraestructura con más de 70 años, sino que también construye las bases para una ciudad más eficiente, preparada y tecnológica.